Neurociencia del bienestar
Propiocepción, postura y cerebro: cómo la forma de habitar nuestro cuerpo también influye en cómo nos sentimos
19 de agosto de 2026

Cuando pensamos en nuestros sentidos solemos recordar rápidamente la vista, el oído, el olfato, el gusto o el tacto.
Sin embargo, existe otro sentido que utilizamos prácticamente a cada instante y al que prestamos mucha menos atención: la propiocepción.
Gracias a ella sabemos dónde está nuestro cuerpo sin necesidad de mirarlo.
Puedes comprobarlo ahora mismo.
Cierra los ojos y levanta lentamente una mano. Aunque no puedas verla, sabes aproximadamente dónde está. Puedes moverla hacia tu cabeza, flexionar el codo o separar los dedos y tienes una percepción bastante precisa de lo que estás haciendo.
Ese conocimiento no aparece por casualidad.
Tu sistema nervioso está recibiendo constantemente información procedente del cuerpo y utilizándola para saber dónde estás, cómo te estás moviendo y qué ajustes necesitas realizar.
Y esta capacidad tiene una relación directa con algo tan cotidiano como nuestra postura.
La propiocepción: el sentido que nos permite ubicarnos dentro de nuestro cuerpo
En nuestros músculos, tendones, articulaciones y otros tejidos existen receptores sensibles a aspectos relacionados con el movimiento, la posición y los cambios de tensión.
La información procedente de estos receptores viaja hacia el sistema nervioso, donde se integra con otras señales.
Por eso puedes caminar sin observar continuamente tus piernas, calcular aproximadamente cuánto necesitas levantar el pie para subir un escalón o realizar pequeños ajustes cuando pierdes ligeramente el equilibrio.
La propiocepción es, por tanto, mucho más que “tener equilibrio”.
Forma parte del sistema que permite al cerebro mantener actualizada la información sobre nuestro propio cuerpo.
Y lo hace de manera extraordinariamente rápida.
Mientras estás sentado leyendo este artículo, por ejemplo, tu sistema nervioso está procesando información relacionada con el apoyo de tus pies, la posición de la pelvis, la orientación de la cabeza, el movimiento de tus brazos o los pequeños cambios que aparecen cada vez que respiras.
Buena parte de este proceso ocurre sin que tengas que pensar conscientemente en él.
La postura no es una fotografía
Durante mucho tiempo hemos hablado de la postura como si existiera una colocación ideal que deberíamos intentar mantener durante todo el día.
Espalda recta. Hombros atrás. Cabeza centrada.
Pero el control postural es mucho más dinámico.
Nuestro cuerpo necesita adaptarse continuamente a la gravedad, a la superficie sobre la que estamos, a aquello que estamos mirando, a la tarea que queremos realizar y a nuestros propios movimientos.
No utilizamos la misma organización corporal para leer, correr, coger a un niño, escribir en un ordenador, descansar en el sofá o mantener una conversación.
Y no tendría demasiado sentido hacerlo.
Podemos entender la postura como el resultado, en cada momento, de un proceso continuo de percibir y ajustar.
Para conseguirlo, el cerebro combina distintas fuentes de información.
La vista nos ayuda a orientarnos respecto al entorno.
El sistema vestibular, situado en el oído interno, aporta información fundamental sobre el movimiento de la cabeza y nuestra relación con la gravedad.
Y la propiocepción informa sobre la posición y el movimiento de nuestro propio cuerpo.
El cerebro integra todos esos datos y organiza una respuesta adecuada.
Los estudios mediante neuroimagen muestran precisamente que este proceso no depende de una sola “zona de la postura”. El procesamiento propioceptivo y el control postural involucran redes en las que participan regiones somatosensoriales, motoras, premotoras y parietales, además de estructuras como el cerebelo.
En un estudio de Goble y colaboradores, por ejemplo, la actividad cerebral producida por estimulación propioceptiva en el pie y el tobillo se relacionó con el rendimiento posterior en una tarea de equilibrio con los ojos cerrados. Los resultados mostraron la implicación de distintas regiones corticales y subcorticales, reforzando la idea de que mantener el equilibrio depende también del procesamiento cerebral de la información que llega desde el cuerpo.
Otro estudio mediante resonancia magnética funcional observó que una tarea que exigía mayor control postural del tronco y la cadera implicaba una red más amplia de regiones sensoriomotoras, parietales y cerebelosas.
Dicho de una manera sencilla:
tu cerebro no deja de preguntarse dónde está tu cuerpo y qué necesita hacer a continuación.
¿Y qué tiene que ver todo esto con nuestras emociones?
Aquí aparece una relación especialmente interesante.
Cuando nuestro estado emocional cambia, nuestro cuerpo también suele cambiar.
Piensa por un momento en cómo caminas un día en el que te sientes lleno de energía.
Ahora compáralo con un día de agotamiento, preocupación o tristeza.
Puede cambiar la velocidad de tus movimientos, la orientación de la mirada, la amplitud de tus gestos, la posición de la cabeza, la respiración o la cantidad de movimiento que realizas.
Esto probablemente resulta bastante intuitivo.
Lo interesante es que la comunicación entre cerebro y cuerpo no parece funcionar solamente en una dirección.
No solo nuestras emociones influyen en nuestra manera de colocarnos y movernos.
La información corporal también puede participar en la construcción de nuestra experiencia emocional.
Diversos experimentos han estudiado qué sucede cuando se modifica temporalmente la postura.
En un ensayo aleatorizado publicado por Nair y colaboradores, las personas que mantuvieron una postura más erguida durante una situación estresante mostraron diferencias en variables como el estado de ánimo, la autoestima, la activación subjetiva y determinados patrones del lenguaje respecto al grupo que permaneció en una postura más encorvada.
Otros trabajos han encontrado resultados en una dirección parecida. En personas con síntomas depresivos leves o moderados, una manipulación temporal hacia una postura más erguida se relacionó con mayor afecto positivo y menor fatiga, aunque los propios investigadores señalaron que se trataba de resultados preliminares y de una intervención breve.
También se han observado asociaciones experimentales entre una postura encorvada y una recuperación emocional menos favorable después de inducir un estado de ánimo negativo, además de diferencias en determinados pensamientos.
Pero aquí es importante introducir un matiz.
Estos resultados no significan que la postura determine nuestras emociones.
Una persona no está triste porque tenga los hombros hacia delante. Tampoco podemos tratar la ansiedad, la depresión o una situación vital difícil simplemente colocando la espalda más recta.
La experiencia emocional humana es muchísimo más compleja.
Depende de nuestra historia, nuestro contexto, nuestras relaciones, nuestros pensamientos, nuestro estado fisiológico y muchas otras variables.
La postura es una pieza más dentro de todo ese sistema.
Y precisamente por eso me parece interesante.
No porque podamos utilizarla para controlar lo que sentimos, sino porque nos recuerda que la mente no existe separada del cuerpo.
De corregir el cuerpo a aprender a percibirlo
Cuando hablamos de postura solemos recibir instrucciones:
“Enderézate”.
“Baja los hombros”.
“Mete el abdomen”.
“Coloca bien la espalda”.
Pero quizá podamos cambiar por un momento la pregunta.
En lugar de:
¿Estoy bien colocado?
podemos preguntarnos:
¿Puedo sentir cómo estoy colocado?
La diferencia parece pequeña, pero cambia completamente la experiencia.
En la primera pregunta buscamos una referencia externa y tratamos de corregir el cuerpo.
En la segunda desarrollamos percepción.
Podemos notar cómo se distribuye el peso entre los dos pies.
Sentir qué ocurre cuando desplazamos lentamente el cuerpo hacia delante y hacia atrás.
Observar la posición de la cabeza sin cambiarla inmediatamente.
Mover la columna suavemente y sentir las diferencias entre flexionar, extender, rotar o inclinar.
Percibir cómo cambia la respiración cuando modificamos la posición del torso.
O simplemente preguntarnos si llevamos demasiado tiempo sin movernos.
Cada una de estas experiencias proporciona información sensorial.
Y nuestro sistema nervioso utiliza esa información para organizar el movimiento.
Postura, propiocepción e interocepción: parecidas, pero no iguales
También puede ser útil diferenciar dos conceptos que en ocasiones aparecen juntos.
La propiocepción está especialmente relacionada con la percepción de la posición y el movimiento de nuestro cuerpo.
La interocepción, en cambio, hace referencia a la percepción de señales procedentes del interior del organismo: por ejemplo, ciertos cambios relacionados con la respiración, los latidos, el hambre, la temperatura o la actividad visceral.
En nuestra experiencia cotidiana no vivimos estos sistemas por separado.
Cuando haces una pausa para sentir tu postura quizá notes simultáneamente la presión de los pies contra el suelo, la tensión de determinadas zonas, la expansión del tórax al respirar y el estado general de activación de tu cuerpo.
Nuestro cerebro recibe múltiples fuentes de información y las integra para construir nuestra experiencia corporal.
Por eso las prácticas de movimiento consciente pueden resultar tan interesantes: no necesariamente porque exista un movimiento “correcto”, sino porque ofrecen oportunidades para prestar atención a señales que normalmente pasan desapercibidas.
No necesitamos una postura perfecta: necesitamos capacidad de adaptación
Quizá una de las ideas más importantes sea esta:
un cuerpo saludable no necesita permanecer inmóvil en una postura ideal durante horas.
Necesita opciones.
Necesita poder cambiar de posición, responder a las demandas del entorno, distribuir las cargas de distintas maneras y encontrar movimientos diferentes.
Nuestra postura cambia cuando trabajamos, descansamos, jugamos, hacemos ejercicio o conversamos.
También puede cambiar dependiendo de cómo nos sentimos.
Y todo ello forma parte de un sistema vivo que se adapta continuamente.
Por eso, en vez de observar el cuerpo únicamente para corregirlo, podemos empezar a observarlo para conocerlo.
¿Cómo están hoy mis apoyos?
¿Cómo estoy respirando?
¿Tengo ganas de moverme?
¿Qué ocurre si cambio ligeramente de posición?
¿Cómo cambia mi experiencia cuando miro hacia arriba, camino, movilizo la columna o dejo caer el peso hacia el suelo?
No es necesario encontrar inmediatamente una respuesta.
El acto de dirigir atención hacia el cuerpo ya modifica la manera en que nos relacionamos con él.
Una pequeña práctica para hoy
Ahora mismo, sin corregir nada, siente tus puntos de apoyo.
Si estás sentado, percibe el contacto de los pies con el suelo y del cuerpo con la silla.
Observa dónde notas más peso.
Después mueve lentamente el tronco unos centímetros hacia un lado y hacia el otro.
No busques amplitud.
Busca información.
Vuelve al centro y observa.
Quizá tu posición haya cambiado.
Quizá no.
Después presta atención a tu respiración y pregúntate:
¿Cómo se siente mi cuerpo estando aquí?
No necesitas tener una postura perfecta.
Necesitas un sistema nervioso capaz de recibir información, explorar posibilidades y adaptarse.
Y quizá una relación más amable con nuestra postura pueda empezar precisamente ahí:
no intentando imponer al cuerpo cómo debería estar, sino aprendiendo poco a poco a escuchar cómo está.
Referencias científicas
Goble DJ et al. Brain activity during ankle proprioceptive stimulation predicts balance performance in young and older adults. Journal of Neuroscience, 2011.
Smith JA et al. Identifying the neural correlates of anticipatory postural control: A novel fMRI paradigm. Human Brain Mapping, 2023.
Nair S et al. Do slumped and upright postures affect stress responses? A randomized trial. Health Psychology, 2015.
Wilkes C et al. Upright posture improves affect and fatigue in people with depressive symptoms. Journal of Behavior Therapy and Experimental Psychiatry, 2017.
Veenstra L et al. The impact of body posture on mood recovery, negative thoughts, and mood-congruent recall. Cognition and Emotion, 2017.
